RECUERDOS DE FERIA (La historia de ella) 


Hay momentos mágicos en la vida que perduran en el tiempo tornándose memorables, cual si fueran escritos con tinta indeleble. Así fue la historia de una amistad que nació por capricho del destino en el momento menos pensado… Ella delicada y elegante, muy expresiva, pero a la vez muy reservada (aunque para él una sifrina más). Él atento y serio, pero cautivante en su trató. Un tanto tímido, podría ser, y hasta un poco inseguro, sin embargo, todo aquello se opacaba ante su sonrisa y esa forma particular que tenía de mirarla.
Todo comenzó ese atardecer, víspera del día de la chinita, un 17 de noviembre de 1995, cuando yo solo tenía 18 y gozaba de la plenitud de mis años y los encantos que a esa edad se tiene. Como era mi costumbre de cada año, ese día me colocaba mi atuendo de feria: mi camisa de cuadros, anudada a la altura del vientre, jeans Levis 505, sombrero y la pañoleta alrededor del cuello, sin embargo, sentía que algo me faltaba para completar mi aditamento, fue entonces cuando vinieron a mi mente aquellas botas marrones que había visto en la vitrina de la zapatería la semana pasada.
Y justo cuando ya me iban a cenar, para luego empezar la jornada de feria, “la nena” (así me decían por cariño) me encaprichó por ir a comprar sus botas. Al principio mi hermano puso resistencia, alegando que tenía otras que podía usar, pero cuando yo me empeñaba en algo hasta el viento se detenía para escuchar mis anhelos, al final el grupo accedió a llevarme a comprar mis botas, porque ninguno era inmune a mis encantos y poder de persuasión.
Así comenzó todo, entre con mi sonrisa que no podía ocultar de sólo imaginarme como me vería con mis botas: “sería el centro de atención en Expozulia”. Algo dentro de mí me advertía que aquella noche sería memorable, como para no pasar por alto. Lo primero que vieron mis ojos fue aquel vendedor que ya contaba los segundos para marcharse ¿Qué planes tendría? ¿En qué estaría pensando en aquel momento cuando yo hice mi entrada triunfal al recinto?
Él, por su parte, solo anhelaba irse a toda prisa para reunirse con sus primos y disfrutar el tan esperado amanecer, cuando yo le dijo: “Alguien que me atienda, por favor”, él dudó en acudir al llamado, pues ya casi era hora de cerrar y llegaría tarde a su encuentro, pero había algo en aquella voz que lo obligó a atenderla (con el tiempo contó que su acento y sonrisa lo cautivaron desde el primer momento y no podía desperdiciar esa mágica oportunidad)
-¿En qué te pudo servir? me respondió amablemente-
-Disculpa la hora, de verdad pero es un asunto de vida o muerte… ¿Unas botas Bassinger marrones talla 36 que estaban en exhibición la semana pasada?
-Enseguida te las traigo
Él se tardó un poco en traerle las botas, no si era para retenerme unos instantes allí, pues no podía dejar de contemplar mi sonrisa. De fondo sonaba una gaita del Gran Coquivacoa que me hizo la espera un tanto menos tediosa. Al medirme los zapatos no pude ocultar la emoción y él se sintió como nunca, por ser parte de aquella inusitada alegría. Yo quede cautivada por la atención esmerada y el extraño atractivo que lo envolvía y en un inusual gesto le dijo desde la calle: “Me gustó haberte conocido, espero verte pronto”, pero sus palabras se perdieron entre la algazara de la calle y los insistentes cornetazos que echaba su hermano.
me marche, aunque les confieso que no quería, pues mis compañeros y hermano me apuraron. Camino al amanecer, no dejaba de pensar en el encantador chico y lo tonta que fui por no preguntar ni siquiera su nombre, solo sabía que iría al mismo sitio, pues mientras la atendía se lo había referido, y aunque el lugar era muy grade, tenía la vaga esperanza de volverlo a ver. A pesar de su alegría, había algo que por razones extrañas en ese momento me opacó los ánimos y a pesar de la alegría, el bullicio y las gaitas aún comprender el porqué de su apatía, de su desasosiego…
La noche ya no era la que yo tanto planifique y se me estaba haciendo insoportable y larga. Sólo quería marcharme, dormir y dar por descontado aquel día que tanto habita esperando, sin embargo algo maravilloso ocurrió: ¡era él! había estado todo el tiempo a pocos pasos de donde yo me encontraba, pero por alguna extraña razón no se había atrevido a acercárseme. Fue algo increíble, pues entre tanta gente lo vio como algo imposible, estaba atónita, perpleja, no podía creer que el chico de ojos café oscuro con mirada honesta y dulce estaba allí a solo un paso de distancia, precisamente cuando estaba a punto de convencerme que jamás lo volvería a ver…
La música que sonaba en la tarima que antes se tornaba aburrida comenzó a sonarme melodiosa, contagiaste, incitante para bailar. El chico tímido de la tienda estaba algo más valiente y conversador, la invitó a recorrer el lugar y a tomarse una cerveza, aproveche que mi hermano no estaba cerca y no dude en ir, pues esos ojos me transmitían una inusual tranquilidad y confianza. yo no tomaba pero le la acepte, pues temía que él se decepcionará y me tornara aburrida, caminamos un buen rato y conversamos muy amenos como si nos hubiésemos conocido de hace años él le brindo unos pinchos que entre la dulzura de su trato y lo maravilloso que me hacía sentir el sabor de aquella carne jamás la olvidare.
La velada fue agradable y ahora solo deseaba, que la noche no acabara jamás. Sin embargo, al poco tiempo llegó mi hermano con la mala noticia: era hora de volver a casa pues allí seguiría la parranda. yo, sin embargo, solo quería seguir compartiendo con el chico y en mi acostumbrada picardía se lo presente a mi hermano como un compañero de la universidad para así poder invitarlo a la casa. Él pensativo, pero gustoso no dudo en irse dejando a sus primos botados
yo iba con una alegría tan grande que no me cabía en el pecho, jamás pensé que algo así me fuese a suceder, mientras que él, un poco pensativo en lo que se iba a encontrar, pero a su vez confiado, pues la chica de sonrisa mágica le daba paz y tranquilidad Llegamos a casa y e se lo presente a mis padres, quienes entre gaitas, parrillada, abrazos y sonrisas le dieron la bienvenida y lo hicieron sentir en su casa, así paso el resto de la noche, jamás pudieron olvidar ese día en que el capricho de comprar unas botas, se formó un lazo de amistad que ni el correr de los años lo pudo deshacer y cada 17 de noviembre revive para hacerse eterno.

la nena: desde algún lugar de Latinoamerica